Tal vez la conciencia del acelerado crecimiento demográfico realmente está motivando la búsqueda por construir espacios más cuidadosos del medio ambiente… y también de las personas

A lo largo de la última década algunas de las tendencias en desarrollo urbano más extendidas a nivel mundial fueron aquellas enfocadas en solucionar problemáticas como el aumento de la población y la consecuente afectación al medio ambiente; para ello, diferentes organismos gubernamentales, a través del impulso de entidades académicas y grandes corporativos, promovieron la introducción de inteligencias artificiales, robots y de dispositivos conectados a través de IoT hacia principios de sostenibilidad y de mejora de calidad de vida.

De esta manera surgió el concepto de las ciudades inteligentes (Smart Cities), cuyo término fue originalmente empleado en los ámbitos empresarial, político, de desarrollo urbano, e incluso dentro de las áreas de marketing, para designar a los complejos urbanos que con base en la sostenibilidad buscan dar soluciones en beneficio de sus habitantes.

Al día de hoy numerosas ciudades alrededor del mundo han unido esfuerzos para poder ser consideradas como inteligentes, y algunas han incluso conseguido la cooperación entre autoridades, gestores e instituciones académicas y financieras, además de los diversos organismos civiles locales, con lo que al día de hoy muchas han desarrollado infraestructuras vanguardistas, con soluciones tecnológicas avanzadas que facilitan la interacción entre los ciudadanos y su entorno.

Sin embargo, para construir espacios realmente exitosos en el camino a ser ciudades inteligentes es también necesario que las medidas implementadas puedan resolver problemas fundamentales y propios de cada ciudad, así como de dirigirla hacia mejores condiciones, por ejemplo, de movilidad urbana y de percepción -así como en áreas de conexión y seguridad-, de manera que en sí misma una ciudad resulte más atractiva para locales o turistas, o en otras palabras: que sea una cuidad en la que sí den ganas de vivir.

Entonces, ¿qué hace inteligente a una ciudad inteligente?

No se trata únicamente de la introducción de nuevas tecnologías. Para construir una ciudad inteligente hace falta plantear soluciones en diversos ámbitos, pues mientras que en México se tendrían que aplicar modelos y estrategias enfocados en la resolución de problemáticas sociales y de inclusión (en ámbitos como el acceso a la iluminación de calidad o a las tecnologías de la información); en Europa, por otro lado, se tendría que resolver el uso de la tecnología para buscar activamente el beneficio y participación de los ciudadanos en los asuntos públicos.

Por lo anterior, al analizar las características que determinan si una ciudad es realmente inteligente o no, uno de los aspectos a considerar es el hecho de que sean adaptables, esto es: que puedan satisfacer a largo plazo las necesidades del presente y aquellas que surjan con el tiempo.

Soluciones más allá de lo estrictamente inmediato.

Acerca de esto, la colaboración entre autoridades y ciudadanos es un punto clave y, en este sentido, el uso de sensores e inteligencias artificiales -por ejemplo, en los sistemas de iluminación conectados a internet- son una medida útil tanto para la recolección de datos necesarios, como para el análisis que asegure que los proyectos realizados realmente contribuyan en la modernización y el aprovechamiento de los espacios, así como su interacción con otras ciudades, o incluso países.

¿Qué sigue en el paso hacia las ciudades inteligentes y por qué son un reto?

Si le preguntas a un profesional de informática, éste responderá que hacen falta conexiones a través de internet; si se le pregunta a un arquitecto, dirá que se trata de estructuras de vanguardia, además de sustentables y amigables con el entorno; si se le pregunta a un ingeniero o profesional de la iluminación, quizás su respuesta vaya más hacia la operatividad y gestión de recursos energéticos. De forma similar, si se le pregunta a un humanista o un sociólogo, es posible que las soluciones de acuerdo con sus áreas de estudio estén dirigidas a aspectos como la integración de las personas en prácticas o culturas específicas. Es decir, para construir una ciudad inteligente   -por supuesto- no hay una única respuesta, sino se trata de buscar la coordinación entre múltiples enfoques.

Autoridades, gobiernos e inversionistas, además de profesionales de las distintas disciplinas que trabajan en la construcción de espacios urbanos deben coordinar esfuerzos para garantizar que las personas y los bienes funcionen más rápido y de forma más eficiente con el propósito de incrementar el nivel de calidad de vida de los habitantes.

Colocar a los usuarios en el centro de las políticas urbanas ciertamente es un deber de las autoridades; sí, pero los ciudadanos deben también ser capaces de hacer un uso responsable de estas implementaciones y aprovechar al máximo los recursos y la infraestructura (en áreas de iluminación, por dar un ejemplo).

Nuevamente, no se trata de una tarea sencilla, y tampoco depende solo de la inversión realizada, pues no todas las ciudades cuentan con las condiciones que posibiliten alcanzar los objetivos de una ciudad inteligente.

En el mundo, algunos de estos espacios inteligentes se encuentran en Japón, Inglaterra, Estados Unidos, Suiza y Francia, en donde la medición de datos ofrece la posibilidad de que tanto gobiernos como ciudadanos puedan tomar mejores desiciones  y de acuerdo con el Centro de Globalización y Estrategia del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE), en México, ciudades como Monterrey y Puebla han sido catalogadas como Inteligentes.

Por su parte, el Consejo Nacional de Clústeres de Softwares y Tecnología han reconocido las ciudades de Madera, Querétaro; Ciudad Creativa y Tequila, en Jalisco, como inteligentes, mientras que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), a las anteriores sumó la CDMX, que a pesar de no ser 100% inteligente cuenta con diversas características que, de acuerdo con la institución, la encaminan en esa categoría.