La tecnología puede resolver grandes problemas de la humanidad o abocarnos al fracaso. Dependerá del uso que le demos.

En treinta años veremos más cambios que los que hemos presenciado en los últimos tres siglos, afirmó Gerd Leonhard en el Foro de la Cultura celebrado en Burgos el pasado mes noviembre. Este alemán, experto en tecnología y músico profesional, empezó su ponencia mostrando una exitosa aplicación de traducción simultánea que había usado en un reciente viaje a China y que, al poco de salir, ya se está quedando obsoleta: en breve aparecerá un dispositivo que, colocado en el oído, nos hará de intérprete, y en diez años lo hará un implante insertado en el neocórtex cerebral.

Leonhard asesora a grandes empresas y organizaciones, explicándoles cómo va a ser el futuro para que mejoren su toma de decisiones en el presente. Una tarea muy conveniente, puesto que el mañana está hoy en manos de grandes corporaciones, muchas de ellas gigantes tecnológicos. Un dato: el valor en bolsa de las cuatro grandes en ese sector, Google, Apple, Facebook y Amazon, supera el PIB de Francia.

Según Leonhard, de 57 años, su genera­ción será la última en experimentar lo que es vivir offline. Viviremos permanentemente conectados. «La tecnología no es ni buena ni mala, ni soluciona problemas por sí misma –dice–. Carece de principios, simplemente existe». El uso que hagamos de su gran poder es cuestión de ética, a la que define como la capacidad para diferenciar entre lo que se puede hacer y lo que se considera correcto.

Leonhard opina que la tecnología puede solventar los grandes problemas de la humanidad si los gestores y políticos anteponen las necesidades del ser humano a las del mercado y solventan la actual «distribución disfuncional» de recursos. Él cree que aún no es tarde para manejar la tecnología con buen criterio.

«Debemos fomentar desde la escuela to­­dos aquellos valores que nos distinguen como humanos: la creatividad, la emoción, la empatía, la intuición, la imaginación, los valores, la consciencia… Cuanto más nos parezcamos a las máquinas, más inútiles resultaremos». Puede ser el cielo o el infierno, dijo, parafraseando la canción Hotel California de los Eagles. Como dijo el historiador noruego Christian Lange al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1921, la tecnología es un útil servidor, pero un líder peligroso.